
Esta mañana esperaba el autobús en una parada de una céntrica calle de Madrid. Una mujer, oscura como la noche, me preguntó: ¿Quieres?. Comía algo escondido en una bolsa de plástico verde. Parecía pan. Agradecida, rechacé el ofrecimiento aunque no pude evitar seguir observándola. En pleno mes de agosto vestía pantalón oscuro, largo y de invierno; camisa de manga larga, también de invierno. Miré a su derecha y en el suelo había apilado un par de bolsas a punto de reventar.
Estos días estamos centrados en la disputa política a cuenta del reparto de inmigrantes que llegan a las cosas Canarias en patera. Los distribuimos como si fueran cajas en un supermercado: 800 a Cataluña, 6500 a Madrid, 1200 a Valencia. Los políticos se frotan las manos porque el “negrito del cayuco” les permitirá dar caña al contrincante durante el mes de agosto. Hacen las declaraciones de rigor por la mañana, a la hora justa para verse en los informativos de mediodía y luego se van a casa, comen con sus amigos y se preparan para el día siguiente.
Por la noche los tertulianos de turno se lamentan de la situación de estos seres humanos que huyen de la pobreza. Hasta ahí bien, pero no dejan pasar la ocasión de seguir la línea del político de turno: que si esto es culpa del “papeles para todos de ZP”, que si con los gobiernos populares se hacía lo mismo…
Al final del día solo nos queda la imagen en los informativos acompañada de la valoración política que corresponda y el titular del periódico del día siguiente en el repaso a la prensa. Mañana, vuelta a empezar hasta que el frío aleje a los “negritos del cayuco” hasta el año siguiente, o hasta que lo vuelvan a intentar, esta vez quizá saltando la valla de Melilla.
Cuando miras a los ojos a los pocos que logran quedarse-ilegales en su gran mayoría-, ves un mar de vicisitudes y una esperanza: la de un día hacer el trayecto de vuelta está vez con las manos llenas, dejando atrás el frío de esa mar en calma que casi les arrebata la vida.
Si los miras detenidamente, te percatas de que tienen poco aunque no les importa. Sus cuerpos están aquí y sus mentes allí, con los suyos y eso les fortalece. A pesar de lo poco que tienen, todavía te preguntan si quieres compartir un mendrugo de pan y sientes vergüenza, porque tal vez tú no lo harías.
Aquella mujer de la parada de autobús se sentó a mi lado sin decir una palabra. Justo antes de marcharme le pregunté qué llevaba en esas bolsas de El Corte Inglés repletas de cosas. Ella me respondió: “llevo mi vida entera”. Con el corazón encogido, subí al autobús y me despedí con una mirada. Tal vez para siempre... o no.
Estos días estamos centrados en la disputa política a cuenta del reparto de inmigrantes que llegan a las cosas Canarias en patera. Los distribuimos como si fueran cajas en un supermercado: 800 a Cataluña, 6500 a Madrid, 1200 a Valencia. Los políticos se frotan las manos porque el “negrito del cayuco” les permitirá dar caña al contrincante durante el mes de agosto. Hacen las declaraciones de rigor por la mañana, a la hora justa para verse en los informativos de mediodía y luego se van a casa, comen con sus amigos y se preparan para el día siguiente.
Por la noche los tertulianos de turno se lamentan de la situación de estos seres humanos que huyen de la pobreza. Hasta ahí bien, pero no dejan pasar la ocasión de seguir la línea del político de turno: que si esto es culpa del “papeles para todos de ZP”, que si con los gobiernos populares se hacía lo mismo…
Al final del día solo nos queda la imagen en los informativos acompañada de la valoración política que corresponda y el titular del periódico del día siguiente en el repaso a la prensa. Mañana, vuelta a empezar hasta que el frío aleje a los “negritos del cayuco” hasta el año siguiente, o hasta que lo vuelvan a intentar, esta vez quizá saltando la valla de Melilla.
Cuando miras a los ojos a los pocos que logran quedarse-ilegales en su gran mayoría-, ves un mar de vicisitudes y una esperanza: la de un día hacer el trayecto de vuelta está vez con las manos llenas, dejando atrás el frío de esa mar en calma que casi les arrebata la vida.
Si los miras detenidamente, te percatas de que tienen poco aunque no les importa. Sus cuerpos están aquí y sus mentes allí, con los suyos y eso les fortalece. A pesar de lo poco que tienen, todavía te preguntan si quieres compartir un mendrugo de pan y sientes vergüenza, porque tal vez tú no lo harías.
Aquella mujer de la parada de autobús se sentó a mi lado sin decir una palabra. Justo antes de marcharme le pregunté qué llevaba en esas bolsas de El Corte Inglés repletas de cosas. Ella me respondió: “llevo mi vida entera”. Con el corazón encogido, subí al autobús y me despedí con una mirada. Tal vez para siempre... o no.

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